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lunes, 15 de febrero de 2010

Discúlpeme, no le puedo dar la bienvenida

Por: CARLOS MONSIVÁIS

A 11 de febrero de 2010; El acto oficial en su esplendor ostensible, la presencia de un número de los 9 mil que resguardan el Poder Ejecutivo. Las fuerzas disponibles de Ciudad Juárez aguardan con rostro estoico, según las crónicas televisivas. El presidente Calderón, acompañado de su esposa y del secretario de Gobernación, el otrora panista Gómez Mont, lee un texto de buena voluntad o de entretenimiento presupuestal. En algún momento, emerge la señora Luz María Dávila, madre de Marcos y José Luis, jóvenes asesinados el 31 de enero en Ciudad Juárez en un ataque monstruoso de sicarios. Doña Luz María no se extravía en las escaramuzas: "Discúlpeme, Presidente, yo no le puedo decir bienvenido porque para mí no lo es, nadie lo es. Porque aquí hay asesinatos hace dos años y nada ni nadie han querido hacer justicia. Juárez está de luto... Les dijeron pandilleros a mis hijos. Es mentira. Uno estaba en la prepa y el otro en la universidad y no tenían tiempo para andar en la calle. Ellos estudiaban y trabajaban. Y lo que quiero es justicia. Le apuesto a que si ha sido uno de sus hijos, usted se habría metido hasta debajo de las piedras y hubiera buscado al asesino, pero no tengo los recursos, no lo puedo hacer... Quiero justicia, pónganse en mi lugar, a ver qué siente... Nosotros queríamos que se presentara, que diera la cara y que ahí mismo, públicamente se retractara de todo lo que dijo".

De entre el repertorio de rostros a su disposición, Calderón elige el de la preocupación contrariada. Antes, de modo un tanto enigmático, ha incurrido en la duda sobre sus propias palabras: "Ante los deudos reconocí el malestar y la irritación que provocaron mis declaraciones acerca de que los estudiantes ejecutados formaban parte de un grupo criminal... Me corregí: eran estudiantes ejemplares. Pero cualquiera que hubiera sido el sentido de mis palabras, les dije a aquellos padres de familia que les presentaba y les ofrecía la más sentida de mis disculpas, si cualquiera de esas palabras hubieran ofendido a ellos o a la memoria de sus hijos". Las palabras de Calderón en Tokio sólo tuvieron un sentido: inscribir a los jóvenes asesinados en un grupo criminal. Y luego añade: "Todos somos responsables de esta situación. Si esas muertes tienen sentido será para ratificar y reforzar lo que se está haciendo". Otra vez el debate sobre el sentido de un hecho que el autor del discurso no resuelve: ¿Qué sentido pueden tener las muertes inconcebibles de jóvenes sino el hecho mismo de su desaparición? Buscar el sentido de unos asesinatos es poner a la disposición de los intérpretes la justificación de existencias tajadas tan monstruosamente.

* * *

Calderón llevó a Ciudad Juárez un plan de cuatro ejes no tan elocuente como un tanto superficial: salud (extender la cobertura, crear diez nuevas clínicas o reforzar la atención de adicciones), educación (ampliación de jornada escolar en 89 centros, y becas y estímulos para evitar la deserción), y ayuda social (apoyos a pequeñas y medianas empresas, desempleados, guarderías y también la construcción de un parque deportivo en memoria de los jóvenes ejecutados) El cuarto eje es el reforzamiento de la estrategia policial. Calderón, ya apurado por la autocrítica, reconoce: en el pasado su gobierno no ha sabido escuchar a los juarenses, a los que pide sumarse a su propuesta. ¿Eso es todo? Uno: Si no se puede crear las diez clínicas, atender a los adictos, los únicos hospitalizables, por lo visto, en Ciudad Juárez. Dos: Ampliar la jornada escolar en 89 centros (¿cuántos hay en la entidad, y cuál es el sentido de la ampliación?), y dar becas, que como todo mundo sabe, son la respuesta de las ganas de irse de las escuelas, especialmente en Ciudad Juárez, que tiene el récord de la deserción más elevada en la educación secundaria. Tres: Aquí sí la panacea jamás intentada por gobernante alguno: darle a la población todo lo necesario para que los problemas ya surjan por puro capricho: levantar a todas las empresas menores y medias, crear la política de pleno empleo y hacer que mientras juegan basquetbol los jóvenes, ya encuentren el sentido de las muertes del 31 de enero.

¡Ah! y una advertencia ante los reclamos constantes de que salga el Ejército de la ciudad: se queda. Y en cuanto a las más de mil denuncias del comportamiento represivo de los soldados, la reclamación del Ejecutivo-Ministerio Público: "Tráiganme las pruebas". Y una vez que se las lleven, exigirá que las conviertan en acusaciones, y así hasta el infinito.

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Las reclamaciones al Gobierno Federal y al Estatal, las exigencias de renuncia del gobernador de Chihuahua, el alcalde de Ciudad Juárez y el presidente Calderón, la represión contra los activistas que reclamaban justicia, la ciudad tomada para "oír las demandas de los juarenses", pueden parecer parte de la estrategia de resolver los problemas aplazando sin término la solución. La gran novedad son las palabras de Luz María Dávila y la vehemencia crispada de su intervención. La fórmula elegida es notable: la "descortesía", gran técnica de igualación: "Discúlpeme, Presidente, no le puedo dar la bienvenida"; el señalamiento del hecho central: "vivimos los efectos de una guerra que no pedimos"; la desolación ante el fracaso portentoso de las políticas del Gobierno Federal y el Estatal en Ciudad Juárez; la certidumbre de que la justicia prometida nunca ha de llegar; la irritación ante la falta de respuesta de los asistentes exhortados por Luz María a unirse a su protesta. El discurso es breve, la resonancia es interminable.

Ciudad Juárez ha vivido interminablemente bajo los efectos de la impunidad. Se dio a conocer internacionalmente por las cuatrocientas y tantas mujeres asesinadas (sin contar desaparecidas); se ha convertido en un territorio de la lucha de los cárteles y de la secuencia trágica: "levantones", asesinatos por el motivo que se quiera, jóvenes que reciben mil quinientos pesos a la semana por su disponibilidad al asesinato ("Me pagan casi nada, pero a los que liquido no les hacía falta la vida"), secuestros, chantajes, cobra de protección, miedo como la respuesta a la inermidad de las autoridades y al horror desatado por la delincuencia; migraciones de la sobrevivencia (El Paso, Texas, tiene ya una sección amplia de la sociedad prófuga de Juárez).

Ante eso, el anuncio de parques deportivos en memoria de jóvenes asesinados. Pero la cadena del ultraje y el olvido se detiene al existir demandas enérgicas, activistas cuya acción es, en principio de cuentas, solidaridad. Y la defensa de los derechos humanos como el empoderamiento más enérgico. La señora Luz María Dávila, en su alegato, da la oportunidad de observar a la sociedad libre que surge, de varios modos, sin recursos, sin retórica memorizada, pero bajo una profunda convicción: esperar el cumplimiento de las promesas de los funcionarios es, ahora, olvidarse del respeto debido a sus muertos y, también, a su inermidad y a su miedo, tan explicable, tan roto por la convicción que no le da la bienvenida a un Presidente.

domingo, 10 de enero de 2010

Plan A y Plan B

Por: CARLOS MONSIVÁIS

Plan A. El primero de diciembre de 2006, Felipe Calderón, nuevo presidente de México, divulga la prioridad fundamental de su Gobierno: el combate a la inseguridad y la delincuencia organizada, el alivio a la pobreza y la generación de empleos. Al principio el discurso prolonga la operación "México Seguro" del presidente Fox, del que nadie se acuerda, en especial los delincuentes, pero Calderón convoca a las fuerzas militares y policías a destruir al narcotráfico de frente. Surge, como en épocas muy históricas, el ofrecimiento bélico. "El Estado mexicano tiene la capacidad, el despliegue, las atribuciones para ganar esta guerra[;] es una guerra muy compleja, pero es una guerra ganable", dijo el titular de la PGR, Eduardo Medina-Mora, en 2006. Calderón añade: será una guerra difícil, sufriremos pérdidas pero la ganaremos.

Por más que se desplieguen los cantos de hazañas y victorias, y por más que la sociedad está convencida de la necesidad de erradicar al narco, los resultados son, si se quiere el traslado a la psicología individual, muy deprimentes. Algunas consecuencias de la escalada: en 2008 se reconoce a Ciudad Juárez como "la ciudad más violenta del mundo", con 130 homicidios dolosos por cada cien mil habitantes, por encima de ciudades como Nueva Orleáns, Caracas, Bogotá y Bagdad. En esta misma lista de las fatalidades urbanas, Tijuana ocupa el cuarto lugar, con 73 homicidios por cada cien mil habitantes. Calderón resume en noviembre de 2009: "Jamás he pretendido engañar a los mexicanos. Dije el primer día de mi mandato que ésta iba a ser una lucha larga que tomaría tiempo, recursos y costaría muchas vidas humanas pero que valía la pena".

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Mas datos ofrecidos por las publicaciones: entre el 31 de diciembre y el primero de enero de 2010 el crimen organizado agrega a su cuenta 55 asesinatos, veinte de ellos en Chihuahua, incluidos doce en Ciudad Juárez, que concluye su récord anual con dos mil 658 homicidios, incluidos cuatro militares, 32 estadounidenses, 60 policías, 125 menores y 164 mujeres, además de 23 decapitados y 168 enviados a la fosa común. En dos años, son cuatro mil 314 los ultimados en Juárez, que se añaden a los mil 656 ejecutados en 2008, 45 de ellos descubiertos en dos narcofosas. En 2009, por tercer año consecutivo, el Gobierno Federal sostiene en quince estados los operativos conjuntos contra el crimen organizado, a pesar de lo cual se acrecienta veinte por ciento el número de personas ejecutadas, en relación a 2008.

En el capítulo de secuestros, de enero a julio de 2009 la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) federal interviene en 101 casos; en 75 de ellos, pese a la investigación oficial, los familiares de las víctimas pagan rescate. Según fuentes oficiales en 2009 la capacidad armamentista del narcotráfico les permite adquirir no sólo los tradicionales fusiles de asalto AK-47 y AR-15, sino lanzagranadas, granadas de todo tipo y fusiles Barret, utilizados para defensa antiaérea en países en guerra. Los operativos se efectúan en Aguascalientes, Quintana Roo, Chiapas, Campeche, Tabasco, Chihuahua, Sinaloa, Guerrero, Coahuila, Michoacán, Nuevo León, San Luis Potosí, Tamaulipas, Baja California y Veracruz.

Fuentes de la PGR y de la Secretaría de la Defensa Nacional contabilizan 17 mil 42 ejecuciones en el periodo que va del último mes de 2006 al 29 de diciembre de 2009. Siete mil 42 en 2009; cinco mil 903 en 2008; tres mil 537 en 2007 y 560 en diciembre de 2006. Y la guerra va. Según informes de funcionarios del gabinete de seguridad nacional, en un año se duplica el número de mujeres ejecutadas por el crimen organizado, al pasar de 195 en 2008 a 425 en 2009. La feminización del crimen. En el mismo periodo disminuyen los policías asesinados, de 535 a 470. En cuanto a militares, el número de bajas decrece comparativamente entre 2008 y 2009, al pasar de 52 a 35.

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Las cifras son vertiginosas y defraudan las promesas del blietzkrieg gubernamental. Las sociedades se van acostumbrando a "la otra normalidad", la del miedo a ráfagas, el descenso de las salidas nocturnas de los jóvenes y las jóvenes, el pago de "contribuciones forzadas", los levantones, así como entierros instantáneos, los sobresaltos en la calle al oír la llegada de un auto a toda velocidad, la zozobra en los restaurantes y los bares, la insolencia de los narcos en cuanto sienten negociada su tranquilidad, los fallecimientos aparatosos de los capos, las balaceras de tres o cuatro horas, la emergencia de vastos contingentes de las fuerzas del orden luego de los enfrentamientos, las quejas de los vecinos por el allanamiento de sus casas o departamentos, los reclamos inútiles de las Comisiones de Derechos Humanos, los enojos de clérigos y Pilares de la Sociedad que acusan a las Comisiones de Derechos Humanos de proteger a los delincuentes, los partes oficiales muy categóricos: "Con esta acción (la muerte del capo, la detención de un colectivo de sicarios, el confiscamiento de toneladas de marihuana o cocaína) el narcotráfico ha sufrido un golpe del que no se repondrá fácilmente"... Y además, las denuncias contra miembros del Ejército por violaciones a los derechos humanos.

Y en todo momento el recelo, la incredulidad social. "Esto no fue así/ Todos son cómplices/ Todos son socios/ ¿A quién quieren engañar?". Así, a propósito de los arreglos funerarios de Beltrán Leyva en Cuernavaca se vigoriza el humor negro. Manda una carta un lector: "Lo único que faltó fue una cartulina junto al cuerpo que dijera 'tómela varvon, aquí se respeta la lei y si no lla saven k les pasa. Atte. Para que vivas mejor'" (La ortografía corre a cargo de la burla). Las versiones más fantasiosas disponen de su rango de credibilidad, las declaraciones oficiales son el paisaje lejano de las versiones que se aceptan, las campañas de la mercadotecnia oficial hacen las veces del murmullo incomprensible...

Y las sospechas: este hotel o este edificio de departamentos de lujo o esta residencia o este restaurante esplendoroso o esta agencia automotriz o este mall o este automóvil incandescente son fruto del lavado de dinero. Para tristeza de la historia triunfal del capitalismo, ahora se asocia con frecuencia el derroche con el lavado de dinero. ¿Quién volverá a creer como antes? El esplendor de los zares no ocultaba el lavado de dinero.



PLAN B Si todo esto acontece y, de modo previsible, seguirá aconteciendo, siempre queda una alternativa: el Gobierno puede declarar: "Se está ganando la guerra, iremos hasta donde sea preciso llegar, hasta más allá de las últimas consecuencias. No nos dejaremos amedrentar". Además, ya Calderón profetizó: "2010 será un buen año para México porque es el año de la patria".

domingo, 3 de enero de 2010

Los aparadoristas de las fotos de Beltrán Leyva

Por: CARLOS MONSIVÁIS

"Enigmas" de los días recientes: ¿qué sucedió el 16 de diciembre en Cuernavaca en el ataque al departamento del narcotraficante Arturo Beltrán Leyva, El Jefe de Jefes? ¿Quién ordenó la escenografía de los cadáveres, con todo y billetes de 500 y mil pesos cuidadosamente arreglados sobre el cadáver de Beltrán Leyva, y la proclamación de la derrota del capo evidenciada por su cuerpo semidesnudo y convertido en la orgía unipersonal de sangre? ¿Por qué, de modo inmediato, nadie aceptó la paternidad de los arreglos mortuorios, la Secretaría de Gobernación declaró que no era asunto suyo y que investigaría, la Procuraduría General de la República declinó la responsabilidad y rebautizó su inocencia señalando a la Policía de Morelos, la Armada se dijo tan sorprendida como los lectores de periódicos o los oyentes de noticias, el Servicio Médico Forense de Cuernavaca se hizo a un lado? Además, ¿por qué la incursión en edificios con cerca de cien departamentos no se acompañó de órdenes judiciales?, ¿por qué no hubo el mínimo respeto a los habitantes no involucrados en el enfrentamiento, la gran mayoría?

Algunos saben, pero nadie supo. Los seis peritos del Semefo de Morelos participantes en el levantamiento del cuerpo de Beltrán Leyva son categóricos (22 de diciembre): "Sólo cumplimos órdenes dadas por agentes federales para alterar la escena del crimen, pero no tomamos las fotos donde 'El Barbas' se encuentra semidesnudo o cubierto de billetes ensangrentados". Según los peritos, naturalmente requeridos de anonimato, la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) los separó del cargo el 21 de diciembre en la noche, pero ellos no atendieron la noticia de su despido, mismo que desmintió la PGJE: "No están cesados ni se les ha dado de baja aún, están trabajando de manera normal. Probablemente no se les suspenderá en estos días".

Luego (28 de diciembre), la Procuraduría del Estado separó de sus cargos a tres preceptores (encargados de levantar cadáveres) y a un médico legista acusándolos de haber manipulado el cuerpo de Beltrán Leyva: "Están suspendidos provisionalmente bajo una medida precautoria, que la procuración de justicia está ejerciendo a través de la visitaduría, de sus actividades para que no continúen actuando de manera ilegal. Se está aplicando el derecho administrativo disciplinario para valorar su conducta y tener la sanción correspondiente". La burocracia en acción que multiplica sus comisiones, amplía el organigrama y selecciona sus culpables. Se sienten en falta porque la opinión pública o la mera reacción racional se indignaron ante el montaje pésimo de un fin de acto. Doce días después de las fotos la PGJE se da cuenta: "Específicamente, los preceptores manipularon el cuerpo, los objetos y el dinero que pusieron sobre el cadáver. Hubo manipulación de los billetes con sangre. Esto es un incumplimiento a las obligaciones, que ellos manifiestan fueron instrucciones federales".

Así que por su cuenta los preceptores y el médico legista se lanzaron a una instalación pseudoartística o, si se quiere, a la fotografía de grand guignol. Pesadilla en Elm Street a la carga. Y sin dar explicaciones convincentes, no están de moda, la Procuraduría perfecciona su cortina de humo burocrática: "Los preceptores faltaron a lo establecido en el Artículo segundo del acuerdo 33/2009, publicado en el periódico oficial Tierra y libertad el pasado 9 de diciembre, el cual establece que el preceptor es un auxiliar del perito médico forense y dentro de sus funciones está el levantamiento y traslado del destino final de un cadáver, así como la aplicación y medidas de higiene y seguridad en el anfiteatro".

Nos imaginamos la escena en el departamento, ya escenario gore: los marinos y los oficiales del Ejército y los agentes judiciales contemplan fascinados a los preceptores, dedicados a su obra maestra: convertir un cuerpo en un telón de fondo de la metamorfosis del narcotráfico. Los militares y marinos y agentes de la PGR no dicen una palabra, absortos en la creatividad del equipo forense, tal vez alguna felicitación o varias miradas de asombro. Pero no más. Con pleno olvido del acuerdo 33/2009 publicado en el periódico Tierra y libertad, preceptores y legista se afanan en hacerle pasar un mal rato al Gobierno Federal que, por intermedio de la Procuraduría de Morelos, se sorprende muy tarde pero, es de suponerse, con la efectividad que por lo pronto nadie advierte.

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La escenografía de la Patria es complicada. Ante la muerte del marino Melquisedet Angulo Córdova, se requerían exequias de primer orden que destacaran la calidad épica de su muerte, algo seguramente cierto. El problema es la delación, si se quiere en alguna medida voluntaria, del participante en la ejecución de Beltrán Leyva, uno de los narcos más crueles de este periodo. Se aprestaron para el entierro los medios de comunicación, los Poderes de la Unión en cualquiera de sus representaciones, los funcionarios del pueblo Paraíso, en Tabasco, se fotografiaron de modo constante a la madre y la tía de Melquisedet, y los funcionarios se fueron felices a sus casas y a sus equipos de seguridad, seguros de que esa noche nadie los amedrentaría. Alertados sobre la identidad del marino y la ubicación de su familia, los sicarios del cártel correspondiente se presentaron a la medianoche, horas después del funeral y mataron a la madre, la tía y dos hermanos de Angulo, lo que era previsible, pero lo que no impidió que las autoridades supremas proclamaran su decisión de no dejarse amedrentar.

Además de la maldad inherente al narcotráfico, los cuatro asesinatos tienen un origen inequívoco, señalado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos: las fuerzas de seguridad no cuidaron a los parientes cercanos ni en momento alguno buscaron protegerlos. Por lo visto, no han estudiado con el rigor indispensable los procedimientos de revancha y el desprecio absoluto a la vida humana de los narcos, lo que lleva a las escenas videograbadas y fotografiadas del velorio de los miembros de la familia Angulo, donde los marinos llevan un pasamontañas que protege su identidad. Los errores encadenados a esto conducen: a las fuerzas de seguridad que ocultan su identidad facial para resguardarse del Estado dentro y fuera del Estado.

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El desbarajuste, el desgobierno, la desfachatez de las declaraciones del "Llegaremos a las últimas consecuencias". No escasean las acusaciones contra militares por su involucramiento con el crimen organizado, persiste la criminalidad con sus cadáveres como mensajes, el gran golpe de la muerte de Beltrán Leyva se diluye entre inculpaciones de toda índole y confusiones que ocultan las contradicciones o viceversa. Son demasiados los que insisten en la necesidad de regresar el Ejército a los cuarteles. Felipe Calderón se niega rotundamente. El miedo crece, agravado por la inmensa crisis económica, y pronto será excepcional que a un cadáver lo despidan envolviéndolo en billetes de 500 y mil pesos.

viernes, 21 de agosto de 2009

Narcoabogados

Por: CARLOS MONSIVÁIS
¿Cómo se multiplica una actividad profesional de inmenso riesgo? Por una variedad de motivos ya entrelazados, en los que intervienen la gana de aventuras, el afán monetario, las presiones del medio, las lealtades regionales, el desempleo, los vínculos amistosos y, en primerísimo lugar, el sentirse (en este caso, sinónimo de "el saberse") dispensado de las consecuencias trágicas de la profesión.

Desde hace tres décadas por lo menos se acrecienta la actividad de algunos abogados penalistas, magníficamente pagados, lo que al parecer es más que suficiente. Defienden a defraudadores, asesinos, ladrones en gran escala. Y, una profesión sigue los pasos de una actividad masiva, a los narcotraficantes. El reciente asesinato en un centro comercial de Monterrey de la abogada Silvia Raquenel Portillo resume este proceso gremial.

Silvia Raquenel trabaja cerca de dos penalistas especializados en la defensa de narcos: Agapito Garza Treviño y Leopoldo del Real, ambos asesinados, ambos expresiones inalterables del abuso, la violencia, la prepotencia. Del Real, monstruoso en su ejercicio de la impunidad, se dedica al cobro de deudas y para obtener el pago, por ejemplo, hace que sus pistoleros desnuden a una mujer en la calle o secuestren a un deudor moroso y lo bañen en excrementos. Éstos son los maestros del oficio.

Según Ricardo Ravelo en Los narcoabogados, uno de los volúmenes de su serie indispensable sobre el narco, al morir Garza Treviño Raquenel asume el compromiso del despacho. A lo largo de un cuarto de siglo, se ve envuelta en la turbulencia de expedientes, juzgados, cárceles, compra de voluntades de distintos tamaños, agentes del Ministerio Público, directores de prisiones, celadores, agentes judiciales, jueces, enviados de fuerzas desconocidas o que simplemente emergen de la oscuridad, periodistas, amenazas, informaciones detalladas sobre operaciones gigantescas

Raquenel (en este caso el apellido es más personal que el nombre) consigue clientes, inicia su defensa de traficantes de marihuana y viaja por el país. Y tiene problemas de conciencia. Ravelo refiere uno de ellos. Raquenel busca a su amigo, el padre Raúl Morales Santamaría, y le describe la situación en que se encuentra. El sacerdote, también su confesor, la ilumina:

- "Hija, a veces los caminos que tú crees que son los que debes tomar no lo son. Dios tiene los tuyos para ti. Mucha gente deposita en ti la confianza y su fe en su libertad. Habla siempre con la verdad. Todo esto es un reto. Vienen para ti épocas muy difíciles, muchas de ellas por tu forma de ser porque no sabes quedarte callada. Ten fe y sigue adelante".

Hasta donde se entiende, don Raúl la encamina beatíficamente a su destrucción.

Raquenel consigue como cliente a José Carlos Reséndez Bermúdez, cerebro financiero del narcotraficante Juan García Ábrego. Raquenel obtiene su libertad, que es también su ruina. Perseguido por García Ábrego, que lo considera un traidor en potencia, éste huye y en su desesperación visita a su abogada, a la que le entrega un portafolio de piel:

- Ahí le dejo eso -dijo Reséndez colocando un bulto amarrado con ligas sobre el escritorio. Eran 350 mil dólares.

- Espéreme, don Carlos, yo no le estoy cobrando nada. No puedo aceptar esto.

- A ti te debo mucho y nunca me cobraste. Con nada te puedo pagar lo que has hecho por mí.

A García Ábrego, por informaciones de Reséndez a la PGR, lo capturan en Nuevo León y lo deportan a EU. Muy amenazado, Reséndez contrata los servicios de Raquenel para que le ayude a volverse testigo protegido, lo que la abogada consigue. Reséndez presumiblemente cuenta todo lo que sabe. Y a Raquenel los deudos del ya preso García Ábrego la acusan de haber recibido 3 millones de dólares. Ella alega sólo haber recibido sus honorarios. De allí en adelante todo es sucesión de clientes tan incómodos como ella, y manejo del miedo, el elemento que Ravelo sitúa en el centro de su historia. El miedo es la mayor sensación de vida, el miedo es lo que separa a los narcos de la irrealidad de sus vidas. El miedo la guía durante los atentados y los "avisos" como la explosión en su despacho. Y en 1998 sufre el gran atentado en el Hotel Imperial del DF a cuenta del Cártel de Juárez en busca de un maletín que ella lleva, supuestamente con 2 millones de dólares. Que nunca aparecen. Ella, a los 52 años de edad, se confiesa ante la prensa:

"No es cierto que tenga mucho dinero. Lo más que he ganado son 350 mil dólares. Me los pagó Reséndez Bermúdez. Me los gasté con mi familia. Soy madre soltera, soy la hija que más dolores de cabeza ha dado en mi casa, no me he quedado con ganas de nada. He hecho lo que he querido. Le he faltado a Dios en todas las formas. Le falté a mis padres, le falté a mi hija porque no le di un padre. El día que más lloré fue cuando estaba en el hospital y me vi todas las heridas. Al fin mujer, soy vanidosa. Estaba yo toda abierta de la panza".

Ravelo la interroga a fondo:

- ¿Procede el amparo contra la muerte? ¿Qué va usted a hacer cuando le dicten esa sentencia?

- Apelar, no le tengo miedo a la muerte. No procede el amparo. No utilizaré ese recurso. Hay uno más eficaz que no falla.

- ¿Cuál?

- El perdón.

Los narcoabogados, de Ricardo Ravelo, es un documento impresionante y bien narrado de esa realidad que la gran mayoría sólo entrevemos en reportajes y libros. Raquenel sufre cuatro atentados, recibe un (fallido) tiro de gracia, difunde la inminencia de su muerte, se mueve siempre escoltada, pero no obtiene el recurso eficaz. En Monterrey el perdón no la alcanza y allí el tiro de gracia no fallido es el final de una carrera, si así se le quiere llamar, donde la fama suele ser el anticipo de los epitafios.

lunes, 23 de febrero de 2009

Escenas de diciembre de 2012

Carlos Monsiváis

23 febrero 2009


El Zócalo, prácticamente vacío. La Plaza Mayor, sitio de tantos encuentros amorosos y de tantos resentimientos coaligados, se halla al borde de la extinción demográfica.

Nadie acude, nadie quiere dejarse ver. Ya tomó posesión el nuevo presidente, pero lo hizo en un Congreso con legisladores con máscaras, ujieres con máscara, fuerzas de seguridad enmascaradas. ¿Por qué? Porque, esta respuesta acude sola, nadie quiere comprometer su porvenir retratándose con el recién electo primer mandatario, de quien se dice por todos lados (iba a poner urbi et orbi, ¿pero quién entiende los latinajos a estas alturas del internet?) que muy probablemente pertenezca al cártel de Las Lomas-Reynosa. Así es, un Congreso sin rostro culpabilizable, un Zócalo colmado de los fantasmas de entusiasmos desvanecidos, un miedo a que los levantones sustituyan a las agonías… ¿Cómo empezó este drama o este carnaval de las sustituciones?

Explicación pertinente sobre el escenario de 2012

A Casandra nadie le creyó aunque decía puntualmente la verdad, y tal vez por eso nadie le hizo caso. ¿A quién le importa lo cierto si con decirlo no consigue boletos para un show de Madonna? Pero el 18 de febrero de 2009, en W-Radio, el secretario de Economía, Gerardo Ruiz Mateos, emitió declaraciones dirigidas a la quijada de la conciencia, allí donde se produce el nocaut espiritual. Dijo el funcionario y profeta: “La lógica del ataque del gobierno en materia del narcotráfico es porque el narcotráfico se había hecho un Estado dentro del Estado”.

Al oír tan pavorosa información todos nos quedamos estupefactos (palabra que nada tiene que ver con estupefacientes). ¿Había un Estado dentro del Estado? ¿Y habría otro Estado dentro del Estado que estaba en las entrañas del Estado? ¿Y así hasta la más angustiosa representación del matrioshka-Estado? ¿Dónde habíamos vivido? Y lo sustancial: ¿a quién le habíamos pagado nuestros impuestos, a quién le habíamos regalado nuestra admiración? ¿A los del Estado I, a los del Estado II, a los del Estado III?

* * *

Continuó el secretario: “Es un problema serio, tan serio que tuvimos que entrar, lo más fácil era, como dice mucha gente, dejarlo en el estatus en el que está y sí se puede asegurar que el presidente de la República sería un narcotraficante”. ¡Dioses del Olimpo anterior a los elíxires! Así que de no ocurrir este ataque del gobierno, tan exitoso en materia de estadísticas funerarias, dentro de tres años nos amaneceríamos con la delincuencia organizada en el lugar de la virtud desarregladita. ¡Oh, emblemas del cine gore!

Y, sin embargo, muy pocos le hicieron caso a don Gerardo Ruiz Mateos, el mismo vaticinador que aseguró: “México es el centro del mundo”. Ni nadie ni alguno salieron a la calle a combatir cuerpo a cuerpo con bala y bala (un AK-47 no detiene el valor, pero sí inmoviliza a los valientes), y esa ausencia lo determinó todo. Ya lo expresó con su barroquismo sintáctico el presidente saliente, don Felipe Calderón —el 15 de febrero de 2009, y en Acapulco—: “Habría que preguntarse cómo es posible que hayamos como pueblo sido capaces de tolerar que semejante barbarie (la de la delincuencia) penetrara en la sociedad mexicana, que se asentara en nuestras calles, que penetrara en nuestras autoridades”.

En efecto, ¿cómo fue posible que eso sucediera? Pero tan sucedió que hoy, 1 de diciembre de 2012, el erial que fue la primavera de nuestra democracia, el mismísimo Zócalo, es la expresión del desastre: lloremos como adictos a la fuerza lo que no supimos defender negándonos a las aspiraciones del mal.

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Todavía no acabamos de entender lo acontecido. Sin embargo, el gran creador de crucigramas y sociólogo Adalberto Puzzle en su conferencia clandestina, “¿Cómo fue posible?”, explica con sencillez la catástrofe. Ocurre, dijo Puzzle, que fue creciendo la confusión mental al ubicar a los dos estados cada uno dentro de otro. Ante las matanzas diarias, nos preguntábamos: “Estos muertos, ¿a qué Estado pertenecen? ¿Al que venía de tiempo atrás o al que empezó más tarde?”. Y no se adjudicaba con certeza la titularidad de los cadáveres ni se reconocían los sellos de las actas funerarias. Sí, el muerto al foso, ¿pero a qué Estado se le paga la tributación de los panteones?... Y todo se volvió más turbio cuando se supo del Estado III y del Estado IV.

Ni modo, una nación no puede permanecer dividida, como dijo Lincoln citando a Bush, y el proceso electoral comenzó a cimbrarse. Es o era natural: ¿a cuál de los dos o cuatro estados pertenecían los candidatos? ¿Por qué tardaba el IFE en colocarles el tatuaje de la identidad legal y legítima? ¿A quiénes creerle si decían lo mismo? En las calles, los espectáculos, y el dolor de la duda no dudaba en calcinarlos.

Y luego vinieron las denuncias, los documentos comprometedores, los videos y las grabaciones. De pronto, todos dejaron de hablar por teléfono porque no sabían si les estaban grabando o, lo peor, si no les estaban grabando. Crisis en las compañías de teléfonos. Incluso los niños hablaban en clave por si sus abuelos los tenían intervenidos. Y las campañas se volvieron festivales de las revelaciones terribles, los involucrados se negaban a negarlo y los inocentes se hacían los involucrados para no sentirse menos. Pronto, lo recordarán ustedes, las campañas se volvieron las kermeses de las revelaciones delincuenciales. Que había candidatos honrados, desde luego; que no suscitaban adhesiones, también. Si ya el propio Presidente se había referido a la penetración del hampa en la sociedad y el gobierno. ¿Cómo creerle a un candidato y estar seguros de su integridad o de su falta de integridad? La duda, la lava de la geología del mal.

El sicoanálisis volvió a ponerse de moda. “Doctor, ¿cómo hago para saber si soy honrado o pertenezco al cártel de los espectaculares?”. Así llegamos a las elecciones, desahuciados de nosotros mismos y sin atrevernos al abstencionismo. Y ganó quien ustedes ya saben, y perdió quien ustedes ya recuerdan, y es probable que ambos, y los demás candidatos, no tuvieron que ver con algo, pero ya es demasiado tarde para devolverle la inocencia al país y a aquellos de sus políticos que se enfrentaron a la duda. ¿Por qué no le hicimos caso al secretario de Economía?